viernes, 10 de mayo de 2019

Un sueño escandaloso




Una de estas noches me desperté ansiosa por plasmar en un papel lo que en sueños había experimentado. Como suele pasar, uno recuerda un fragmento muy pequeño o solo rescata una sensación de lo vivido en el sueño.
Para mí fue suficiente. Una bandada de cotorritas sobrevolaba cerca mío  yendo  hacia su nido, haciendo el escándalo propio de ellas.
Tuve que investigar cuál es la enseñanza que representan y analizar para qué se me “acercan” en este momento de mi vida, aprovechando la noche en donde apago el control de mi mente.






Veamos las características de estas preciosas criaturas:
Son aves que pueden hablar, sin comprender lo que dicen; pero sí, repetir palabras imitando la voz humana.
Esto me lleva a pensar cuántas veces hablamos sin pensar o sin sentir; simplemente parafraseando a otros. Por lo tanto, esta especie de ave propone analizar cómo utilizamos el lenguaje.
Hay quienes no hablan, no se muestran, no se juegan dando su mensaje o su criterio; otros hablan a los gritos acallando al resto; hay gente que habla y no dice nada;  gente que habla pero no da un espacio para que quien está enfrente cuente algo de sí.  El polo negativo está claro; pero también se puede hablar para organizar, activar, elogiar, amar, educar y aconsejar…
El lenguaje es una herramienta muy poderosa, que puede unir o puede distanciar. De hecho, una de las advertencias del loro es el mal uso de la palabra porque puede llevar a las burlas, a la ironía que no es otra cosa que una forma sofisticada de agredir.
Las cotorras, los loros, los guacamayos, los agapornis y hasta las cacatúas (que son loros con penachos) nos sugieren que pensemos seriamente ¿cómo usamos el lenguaje? ¿Qué es lo que aprendimos a decir? ¿Qué frases repetimos sin pensar?

La cuestión es que hasta en sueños las cotorritas me mostraban cuánto puede perturbar el bullicio del ambiente, la tensión que genera escuchar a muchos.  Por supuesto, que lo que estresa son las voces de fondo, pero más molestan aquellas con las que uno cuenta, las que uno considera importantes, las que se toman como palabra autorizada. Otro problema que esto conlleva es que cuando se quiere prestar atención a varias opiniones, la voz interior disminuye su volumen hasta quedar imperceptible; y se pierde así la capacidad de tomar decisiones propias.
En la imagen del sueño vi como el estruendo de los demás, desdibuja nuestra postura, nuestro equilibrio y nuestra palabra. Incluso  a veces nos vemos tentados a formar parte del bochinche colectivo, considerando erróneamente que seguir la corriente nos va a dar un poco de paz, sin prever el daño que causa estafar nuestros principios.

Una enseñanza más dentro de la sabiduría de las cotorras es el poder de la imitación y aquí nos vemos obligados a preguntarnos a quién estamos tomando de ejemplo; porque siempre, en lo bueno y en lo malo nos agarramos de algún modelo a seguir.
Tanto como la maldad y el daño se contagian; el bien también. Está en cada uno de nosotros elegir a quién seguir, con quién estar, a quien darle cabida y a quien admirar.

Las cotorras viven en comunidad. Sus nidos son comunales, los construyen con ramas en las alturas de grandes árboles que soporten la estructura de un hogar con varios compartimentos.
Observar esta dinámica toca en lo más profundo de nuestro seno   vincular.
¿Cómo es la convivencia con vecinos y con otros miembros de la familia? ¿Cuán cerca viven? ¿Con cuánta armonía llevamos la cotidianeidad?

Por último, esta especie de ave, por su color llamativo irradia vida y alegría; por sus sonidos estruendosos se hacen notar y por moverse en bandadas nos piden a gritos que vivamos sin temor a la soledad, ni al ridículo, ni a la marginación. El secreto es ser sociables, agradables y alegres.

Del sueño recordé poco; de la enseñanza que me dejó, no tengo palabras…

                                                                               Lic. Ivana Rugini

martes, 7 de mayo de 2019

Sincronicidad


Al fin siento que estoy aprendiendo a vivir. No sé cómo pensaba antes. Bah, sí. Creía que siempre iba a haber un después indeterminado, que usaba de consuelo cuando en el camino había  barreras que bloqueaban la acción, el sentir o el pensar diferente.
Noto que la gente se va, no solo por muerte sino por  fuerzas, por ciclos cumplidos, por modas, por viajes, por trabajo… y para cuando confluye en un mismo lugar tu acción, tu sentir, y tu pensar;  ya con el que querías compartirlo, no está,  no quiere o no puede.
Y es así como el concepto sincronicidad empieza a  tomar un valor inconmensurable.
Cuando somos chicos tenemos fuerza y energía inagotables, el tiempo a disposición pero las reglas y el dinero son de los padres y tutores que marcan lo que hacer, tener y experimentar.
En la vejez hay menos obligaciones pero lo que limita es el cuerpo, los dolores y el cansancio.
La mediana edad nos hace oscilar entre limitaciones y despertares.  En ese vaivén, en algún momento nos vemos empujados a comprender que los amigos de hoy son de hoy (mamás de la escuela que hacen “puerta” del primer hijo y necesitan compartir ese rato con otras para mitigar la angustia del desapego).
El trabajo de hoy es de hoy. Mañana cambian  los compañeros, viene la mudanza de edificio, el cambio de sector o el despido/ renuncia/jubilación.
Los horarios de hoy son de hoy y hay que adaptarse a dormir lo que se puede y cuando te dejan.
El barrio de hoy es el de hoy. Mañana harán más edificios, demoliendo las casas que son como mojones para los que no sabemos las calles.
El dinero con el que contamos hoy es de hoy y hay que saber vivir con eso.
Pero sobretodo, la salud de hoy es lo más sagrado y, por lo general,  no tan observable.
Si hay salud, hay trabajo, amigos, encuentros, y diferentes opciones de gastar e invertir el dinero.

Si hay que ir a consultar a un médico, no vale un después.
Si hay necesidad de ver a alguien, el afecto no resiste un después.
Si es momento del amor, no lo esquives porque después las ganas no son las mismas.
Si hay que tomar una decisión, postergarla es como tomar veneno que carcome  y desintegra.
Si hay que ponerle un límite a alguien, dejarlo para después es terreno que gana el otro y es perjudicial para todos.
La Sincronicidad se convierte en un tesoro.
 En el universo hay de todo pero desparramado. La sincronicidad  es un llamado interior con efecto exterior para atraer distintas variables en un mismo momento y lugar.
Estemos atentos a esos haces de luz porque la máquina que nos controla tiene el: “ lo dejamos para después” como respuesta automática…


                                                                                       Lic. Ivana Rugini





lunes, 29 de abril de 2019

Replegarme



Desde hace algún tiempo ando entrenando en el ejercicio de replegarme.
Es una tarea ardua que implica esfuerzo, análisis y control de las emociones.
Los primeros años consistieron en  dar, estar y hacer; pero no fui consciente de cómo di, estuve e hice. Estaba en el baile y había que bailar…
Tus necesidades eran muchas y mi presencia era imprescindible. Me acostumbré  a eso; me acomodé a eso. Me dejé envolver por vos,  por tus chiches, tus actividades, tus tiempos y rutinas. No decía ni a; porque todo me encantaba y me sigue resultando hermoso. Fue trabajoso, pero placentero; hasta parece como si todo eso hiciera que el amor se agigante más.
Los años transcurrieron y ahora nos encontramos ante otra etapa en la que como siempre, todo depende de vos, y de que el entorno se pueda amoldar a no tratarte ni como beba ni como adulta. Es difícil, lo admito.
Cada vez que me ponés un freno a lo que hasta hace poco hacías conmigo, es un cimbronazo que acepto y agradezco, pero cimbronazo al fin.
Fueron varios ya no, en los que me sentí descolocada:
Cuando ya no me necesitaste para bañarte, ni para que te lea antes de dormir, ni para peinarte, ni para que te eligiera la ropa, ni para que te sirviera la comida, ni para que te prepare la mochila y tantos etcéteras que prefiero pasar por arriba.

Cada día, vamos juntas descubriendo  un nuevo “ya no”.

Es maravilloso el aire que da, no te voy a mentir;  pero el vacío de eso que ya no está hace que  mire con nostalgia viejos tiempos en donde todo mi día, mi preocupación y mi corazón estaban ocupados en vos.

Como hay que poder sentirse necesitada; también hay que poder captar y procesar cuando ya no. No por rechazo, no por falta de amor, si no por la bendita Autonomía tan saludable para todos.

Ya no busco peloteros para tus cumpleaños, ni preparo bolsitas con golosinas como souvenirs, ya no abro regalos con vos (para que no se pierda la bolsa correspondiente por si hay que cambiarlo). Ya no hay juguetes tirados, ni guardados. Te diste cuenta de que ocupaban espacio en tu habitación y donaste todo lo que era de una etapa anterior. Con total naturalidad te dijiste a vos misma Ya No.
Son muchos los cambios para vos y para mí; pero te agradezco infinitamente haber vivido lo que  ahora voy soltando como puedo, con errores, con berrinches, con apegos; pero también, con amor y ganas de que tengas una vida sana,  plena de alegría y felicidad.
Teneme paciencia, ya sé que me vas soltando la mano; pero vení un ratito acá, cerquita mío, dejame emponcharte  solo un poquito más…




                                                                                        Lic. Ivana Rugini

viernes, 26 de abril de 2019

La enseñanza del grillo





A veces se transitan caminos de confusión, de tensión, de dolor… pero siempre hay señales del cielo o de la tierra que intentan reconectarnos con el sentido de la vida, con el aprendizaje y la superación.
Un grillo estaba ahí, en la puerta del consultorio; uno de esos días abrumadores donde las decisiones que  hay que tomar son muchas y todo es urgente.
De más está decir, que el grillo no hizo nada, solo se quedó quieto como para darme tiempo a que “lo vea”. La vorágine de la gran ciudad, y la de mi mente se detuvieron un instante para captar lo que esa miniatura venía a decirme sin decir.
Recordé que algunos días atrás, otro se apareció en casa; pero lo vi sin mirar, como suele pasar…
Evidentemente no se dio por vencido, porque al poco tiempo un compañero tomó la posta de hacerme entender algo.
Así que aquí estoy, recibiendo el recado, apropiándome del mensaje y dedicándole un momento a la reflexión que amerita.

En el gran libro abierto que es la Naturaleza se señala al Grillo como símbolo de la buena suerte. Esto me llevó a preguntar qué es la buena suerte: “La suerte es un encadenamiento de sucesos que es considerado como casual o fortuito.” En lo personal, considero que hay que estar abierto para que el universo conspire a nuestro favor, y la frase “buena suerte” me sacudió profundamente como despertándome de un letargo en donde no había lugar para la buena racha…

Otra lección de la esencia del Grillo es el poder de la canción en la oscuridad  haciendo referencia a cómo el canto genera un estado de consciencia que alivia la pesadumbre de la mente atosigada. Sin saber de antemano este efecto del canto, pude revisar cuántas veces en mi vida y sobretodo últimamente, recurro a cantar como modo de rescate.
Esto es algo que siempre me llamó la atención de mis padres. Cuando la tristeza parece cerrar el horizonte, ellos cantan; a veces solos,  a veces juntos, como si las canzonetas italianas vinieran a unirlos en la adversidad.

Continuando con la sabiduría del grillo; dicen que llega a nuestras vidas para mostrarnos cuándo es el momento propicio para saltar de una situación a otra. Este dato me marcó a fuego, porque así me siento; de tema en tema, de cuestión en cuestión con la gran labor de intentar, por ahora sin lograrlo,  no trasladar problemáticas de un ámbito a otro.

La impronta del grillo invita a trabajar profundamente la comunicación, la sincera, la concreta, sin rodeos, sin miramientos, sin filtro. Expresando todo hasta convertirla en efectiva, constructiva y comprendida. Indudablemente es momento de decir y de escuchar, de proponer y negociar, de decidir y dejarme aconsejar. Lo tomo.


En eso estoy: hablando, escuchando, saltando y aprovechando la suerte de tener a gente maravillosa con quien contar para transitar situaciones difíciles; confiando en que si me pierdo, el cielo y la tierra volverán a  enviar a algunos de sus sabios seres para encarrilarme una vez más.


Lic. Ivana Rugini

miércoles, 10 de abril de 2019

Pulseras




Vacaciones. Playa. Mi hija de 10 años tuvo la ocurrencia de llevar hilos encerados para hacer pulseras; que en un principio eran para uso interno pero en algún otro momento pasaron a ser para “vender”.
Con esa segunda idea en mente, compró más y variados materiales, aprovechaba las ferias de artesanos para chusmear  modelos y precios.
Tardes enteras se dedicaba a hacer pulseras, llaveros y tobilleras hasta que un día se animó a desplegar una lona y exhibir sus productos.
Estaba  ordenando las últimas pulseritas cuando una pareja de vendedores ambulantes se le acercó (directamente a ella) para preguntarle:
 -¡Amiga! ¿Las vendés? ¿Cuánto salen?-
Bru tímidamente les mostró las pulseras simples, dobles, triples y los diferentes colores que había;  nerviosa y eufórica a la vez, recibió la noticia de que se llevaban dos.
El saludo y broche final a la primera venta de su vida fue: -Te felicito por ser emprendedora, seguí así-.
Eran  dos jovencitos que en un día de calor abrazador caminaban de punta a punta ofreciendo helados. “Ellos” felicitaban a otra “vendedora”.
Hicieron ver como si fuera fácil elegir un producto y salir a ofrecerlo, enfrentar miradas y caminar incansablemente en días de calor agobiante mientras los demás descansan.

Ojalá mi hija aprenda y aprehenda de esa experiencia con sus diez años y mucho por recorrer. De mi parte, esos chicos de apenas veinte, conmovieron a esta de cuarenta y uno.
Su soltura, su garra, su empuje, su sacrificio y hasta su empatía me los llevo de ejemplo para ver si emprendo y puedo acompañar a la que dio sus primeros pasos.

Con este escrito no fomento el trabajo infantil, simplemente valoro la iniciativa infantil; que si no es acompañada por adultos, empieza y termina ahí.
Agradezco a los emprendedores que me enseñaron a apoyar a otros para generar una rueda…una rueda no, mejor dicho,  un círculo virtuoso.

                                                                                   Lic. Ivana Rugini

lunes, 1 de abril de 2019

Los faros.





A donde viajo suelo buscarlos, los observo, me acerco lo más que puedo para admirarlos.
Dicen que su historia empezó en el 283 antes de Cristo, en la Isla de Faros, donde en lo alto de la gran torre ardió incansablemente un luminoso fuego durante 1500 años. El Faro de Alejandría fue considerado una de las maravillas antiguas del mundo por su imponencia, ya que su luz se llegó a distinguir hasta  los 150 kilómetros de distancia.
En Concepción del Uruguay, Entre Ríos, el faro que custodiaba el Río Uruguay (ya no funciona) me deslumbró por su belleza. Fue utilizado para iluminar a los navegantes, y por si fuera poco, le adjuntaron la escultura de la Virgen Stella Maris.
Con esta imagen acoplada a su servicio uno puede comprender mejor por qué en esta etapa se nos pide a todos ser “faros de luz”.
Su presencia convoca a  todos aquellos que hayan transitado la noche oscura del alma a permanecer impertérritos en medio de la oscuridad para iluminar, aconsejar y  acompañar a quien sea que se nos acerque.
El que viaje a esa ciudad, puede dejarse encender por un faro apagado pero por un símbolo vivo.
 
                                                          Lic. Ivana Rugini


viernes, 29 de marzo de 2019

Un altar en casa



Reflexionando sobre cuestiones varias, el poder del Altar se refrescó en mi mente, pero particularmente, en mi pecho.
Recordé lo acostumbrada que estaba en mi infancia de entrar a una casa
y encontrarme con un altar; que no era otra cosa que una mesita en el living con las estampitas de los santos preferidos, alguna vela y con suerte, flores.
En la última casa donde vivió mi nonna, todo estaba pensado. Hasta el altar tenía su sitio; y eso que el espacio no sobraba.
 En el modular ubicado en el comedor,  uno de los estantes con puertas era para eso. Sobre un paño blanco inmaculado al que le había cosido puntillas como terminación, apoyaba imágenes maravillosas de los “Santitos” a los que les rezaba por cada uno de nosotros “y por el mundo entero”.
Cuando conocí  la visión chamánica,  la importancia del altar retornó a mi vida pudiendo mezclar armoniosamente aquella tradición del altar con la imagen de la mirada de un Cristo que derretía a cualquiera y los elementos de la Madre Tierra.

Un altar es un foco de luz, es darle un espacio del hogar a lo Divino. Es manifestar afuera la esencia de luz que llevamos en nuestro corazón. Es exteriorizar la fe en lo superior.
Si estás transitando ESE momento en donde sentís que en tu hogar debe haber un lugar designado  a pedir y  a agradecer, en donde puedas  tener una charla sincera con vos mismo acerca de tus creencias y en donde llegues a arrobarte en un rezo hasta las lágrimas; te recomiendo que te dejes guiar para elegir el rinconcito en el cual lo mundano sea sagrado y lo sagrado mundano. El objetivo de tener un altar en el hogar es que lo Divino esté a mano y que nosotros estemos conectados sin preámbulos ni intermediarios.

Para manifestar el equilibrio que hay en tu interior (generarlo o activarlo) te sugiero que en tu altar estén presentes los tres reinos: (mineral, vegetal y animal) y también, los cuatro elementos: (agua, fuego, tierra-madera y aire).

Siguiendo esta premisa, puede haber flores o una planta, un objeto que represente a algún animal (si ya conocés cuál es tu animal de poder, podés agregar algo que lo represente) y un cristal.
Solo falta que empieces a ponerle tu toque, con portarretratos, con imágenes espirituales de tu credo sabiendo que la energía superior es la misma que responde a varios nombres. Así que estamos todos unidos.
Es tu lugar de paz, de reconciliación, de perdón, de misericordia y de esperanza en donde se pide por uno, y en una instancia más elevada, se pide “por el mundo entero”.
La invitación a compartir tu casa con lo espiritual está hecha, ahora falta que le abras la puerta.


                                                                                             Lic. Ivana Rugini